Cinco niños se sientan alrededor de una mesa. Cada uno tiene una caja de madera hecha a mano con ensamble de cola de milano, corazones rojos que representan su energía, estrellas blancas que representan sus habilidades, y un personaje ilustrado que han creado ellos mismos.
Ernesto, el facilitador, abre el capítulo de la semana: una aventura ambientada en Sierra Nevada, en las acequias de Granada, en los paisajes reales de su ciudad convertidos en un mundo de ficción.
Durante 90 minutos, el grupo toma decisiones juntos. Negocian, discuten, se ponen de acuerdo. Y cuando aparece un conflicto, Ernesto no necesita pedirles que lo resuelvan: ha construido la aventura de manera que rescatar al personaje atrapado exige escucharse, y cruzar el puente exige ceder. La obligación viene de la historia que él ha diseñado.
No hay pantallas, ni fichas de trabajo, ni un adulto diciendo "ahora vamos a practicar la empatía". Hay un juego diseñado por Ernesto para que colaborar sea la única forma de avanzar, y niños que aprenden sin darse cuenta porque alguien ha decidido cuidadosamente qué tendrían que aprender esa semana.